Después de semejante trago de culpa y dejar mi cabeza en blanco, sin madre y sin conciencia en mi lápiz, me siento en mi tela de cielo que extiendo sobre la arena, 24 horas después exactamente de las bien merecidas gracias, con un concierto de olas en el palco canino más popular. Cinco representantes se revuelcan en la arena y yo en lugar de atender el papel en el que escribo me transporto 3 metros adelante entre perros y garrapatas. Me he llevado el mejor de los sustos cuando punzantes granitos de arena rasguñaron la ausencia de mi espalda, cuando en una hazaña de sorpresa decidieron caerme todos los perros encima, y por supuesto, grité como una niña a la que le jalan las trenzas en la escuela. Los perros salieron corriendo y me observaban intermitentemente con una sonrisa en el hocico, como quien disfruta dejarle al otro una broma y unas cejas arqueadas de susto.
Ayer trataba de sobrevivir a un remolino que me abrazaba con obsesión casi humana cerca de la orilla de la playa, y después de los segundos de asfixia, cuando por fin conseguí abrir la boca para hacer un intento de bocanada, por consecuencia y reflejo automático abrí los ojos... y apareció como un espectro flotante que se dibujaba dentro de mis alucinaciones... pero no era una alucinación, ni mucho menos un espectro, no flotaba, más bien se movía enérgicamente batiendo sus extremidades delanteras con precisión y destreza, avanzando tan rápido como el remolino. Y entre la bocanada y el despertar entendí que estaba atrapada entre un "semi" ahogo en el mar y un musculoso, grande y negro Rottweiler que me dejó saber sus intenciones claramente. (Por cierto, es inevitable dejar de pensar en el cuadraciclo, la lluvia, la culpa... Raúl en Santa Teresa).
Mientras mi corazón hacía un progreso no antes superado en los estudios de la percusión, yo trataba de decidir entre la asfixia o el desgarre de todos mis músculos dentro de la boca de un perro (por cierto, el cuadraciclo resultó nominable para los premios orgásmicos en las habilidades percusivas del corazón). Cuando el perro y el remolino estuvieron tan cerca que se hicieron casi uno, un silbido rompió la percusión y el jadeo, un silbido que se llevó al perro y mi encuentro cercano con la muerte. Después me di cuenta que el silbido estuvo todo el tiempo atragantado de carcajadas observando complacientemente desde la arena, como se me dibujaba un gesto de impotencia y desespero.
Un poco más lejos de Santa Teresa, varios kilómetros a la derecha del último recuerdo, en medio de las hojas llenas de polvo, situado a las tres cuartas partes de la calle de lastre, un perro pequeño y blanco atravesó de derecha a izquierda el vidrio de mi ventana. Toda su blancura estaba cubierta de polvo, y su quietud implacable dejaba percibir el lento movimiento de sus ojos solos y aislados. Parecía como si el perro estuviese en estado de contemplación, meditando en contacto con el cosmos, tratando de encontrar el estado de conciencia superior. (Por cierto, hay estados de conciencia que sólo se pueden alcanzar en un cuadracico. Mientras Raúl me besaba todos y cada uno de mis chakras, se me llenó el vientre de luciérnagas, se me hicieron olas en la totalidad de la superficie de mi piel... no es cierto, no eran olas, eran océanos completos de agua tibia y espuma que se deshacía en todos mis bordes, mi cabeza hizo un merkaba, me lancé en caída libre desde el cielo... y un centímetro antes de tocar la tierra me suspendí en el espacio y aparecí de nuevo acurrucada entre sus brazos, en la oscuridad que rodeaba el cuadraciclo... Seguía lloviendo). Cuando regresé, el perro ya no estaba, ni la calle era de lastre ni había polvo.
Y ahora con un pedazo de este cielo nublado metido en mi pecho, con un réplica de esta tormenta en mi cabeza, quieren empezar a sangrarme los ojos de nuevo.
Después de tantos parentesis y tantos "por cierto" me quedo con este atardecer que desprende 7 perros en mi recuerdo y me quedo con la luz de todos los colores donde se dibujan los paraísos, me quedo con un mordisco de este cielo y con las líneas de placer que trazamos en la cortina de agua. Y aunque definitivamente no me quede con Raúl (por que Raúl se queda con su novia), renuncio al rasguño que se me hizo en el ego, y me quedo en cambio con el rasguño blanco que rompió lentamente la lluvia y se quedó cicatrizando mis labios... por eso volví a sonreír.
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