De pronto vino el silencio a mi boca… sueño, pausa y quietud. Tantas sensaciones llegaron mí. Le recordé de nuevo, abriendo los ojos brillantes por el Sol que se reflejaba en su rostro a través de la fría ventana. Y una vez más podía sentir su cuerpo desnudo abrazándome. Llegaba a mí un deseo casi incontrolable de besar la serenidad escondida bajo su barba, pero me topaba de nuevo con la coraza de su mirada, con una frontera que exigía una visa que yo no había adquirido. Y aún hoy cuando le recuerdo me pregunto cual podría haber sido el documento que olvidé para ser visada en el país de su beso, como podría él abrirle la puerta de su herida a una inmigrante indocumentada que además osaba secretamente instalarse cuando había susurrado que su presencia era sólo una estancia de paso.
Había tanto dolor en sus gestos como ganas de no dejar de rodearlo con mis brazos. Así que me quedaba con lo que tenía, ese pequeño espacio después de la locura, donde encajábamos perfectamente uno en el otro, ofreciéndonos un abrigo mutuo para el frío helado e inminente que tocaba todas las puertas y ventanas de la casa solitaria de la montaña.
Pero todo era claro, yo ya lo sabía, desde la primera vez que le vi, me encontré de frente con su muralla. Era claro que tendría yo que escalar la pared de piedra cada vez que quisiera entrar a su fortaleza, así que preparé mi equipo de montaña para intentarlo. La fortaleza era hermosa, esas paredes de piedra guardaban callejuelas llenas de arte y aromas, como las ciudades medievales de la Toscana. Se dibujaban laberintos mágicos en sus pocas palabras que me transportaban a los jardines primaverales de palacios y castillos.
Él me encantaba, me cautivaba la idea de estar a su lado, aunque fuese un instante aislado. Estaba seducida por todo lo que él representaba. Casi no le conocía, pero lo conocía sin saberlo. Estaba enamorada de su boca pequeña, de su cabello despeinado, de los amaneceres en la montaña, y de nuestros zapatos rosándose al son de “El cuarto de Tula”.
Me visualicé entonces en el borde del acantilado, y estuve a un empujón del viento de arrojarme al precipicio. Comprendí en ese instante que enamorarse es un decisión. Enamorarse en ese instante o en cualquier otro momento de mi vida pasada o futura en el que me hubiese sorprendido a mí misma en esa encrucijada.
Enamorarse es el acto de crear un pensamiento, una lectura o un juicio en nuestra mente, sobre un momento. Pero no sobre cualquier momento, no cualquier lectura. Se trata de crear un pensamiento de deseo sobre una situación que genera placer. Por ejemplo, antes de enamorarse de una persona surgen pensamientos como éstos: “me siento demasiado bien con esta persona”, o “hay demasiada química entre nosotros”, o quizá “es el hombre más atento que he conocido”. Cada uno de estos pensamientos viene precedido por un segundo pensamiento, que es el deseo, generalmente, es un pensamiento que no surge a la superficie, sino que se queda flotando en el subconsciente.
Nótese que en todos los ejemplos existe una situación de la cual genero una lectura “positiva”, una característica, una rasgo de su conducta, que en primera instancia juzgo como algo positivo, y seguidamente me hace sentir bien, protegida, querida, importante, apreciada, amada, aceptada, realizada, feliz, plena… algo que me hace sentir lo que en su totalidad me hace falta sentir por mí misma. Por otro lado, existe un deseo, un apego y una expectativa de ese deseo. Como la situación me hace sentir de una forma que me parece imposible sentirme sola, entonces lo que me genera es placer, y de esta forma desarrollo la idea de deseo sobre ese placer: quiero que se extienda, quiero tener control sobre él, poseer este deseo. Y así finalmente se empiezan a construir las expectativas sobre él.
Dicho esto, volvamos al planteamiento de que el enamoramiento surge de un pensamiento, de una idea o una lectura. Pues bien, tales cosas (pensamiento, ideas y lecturas) sólo existen en la mente como una desviación hacia el pasado o el futuro, lo cual me lleva a cuestionarme si la acción de enamorarse es real, si no pasa de ser una ilusión. Será por eso que nos sentimos ilusionados? Talvez enamorarse es ilusionarse.
Con este planteamiento no estoy denigrando lo que nos enseñan como amor de pareja, hago simplemente una incisión profunda para ver su contenido en el microscopio de la razón.
Con esto no me declaro inmune a su efecto ni levanto en rebelión contra sus expansiones. Al contrario! Yo, Luana Fara, amo estar enamorada, amo enamorarme de todo, de las personas, de las situaciones, los proyectos, los viajes, los sueños. Ahora más que nunca disfruto enamorarme porque cada vez que lo hago, puedo ver el reflejo de lo que me hace falta, el reflejo de una carencia, y me quedo allí jugando y aprendiendo con las luciérnagas en los ojos y los agujeros negros en el estómago, para después volver a mí, a mi soledad, regresar a la gran e interminable obra maestra de completarme.
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