
Y somos tan nacionalistas en este país de carne y hueso
que la soberbia se siente desplazada,
nos casamos tanto con nuestras verdades
que andamos vendiéndolas por el mundo
como si fueran mercadería de exportación,
cómo si tuviésemos derechos de autor sobre nuestras conclusiones del mundo.
Nos enamoramos tanto de nuestras ideas
que no somos capaces de escuchar las de los otros
y si las escuchamos las aplastamos con la suela de nuestra hipócrita modestia.
Después andamos por ahí vestidos de sacerdotes
predicando nuestros retazos de doctrinas
y somos todos parte del mismo negocio
y al mismo tiempo somos nuestro único cliente
creemos que somos dueños de la verdad como si la hubiésemos comprado en la tienda de la esquina
y encerramos el mundo en este juicio excluyente.
Pero cada día el argumento amanece por un punto distinto del horizonte
y se oculta cerca de una estrella diferente.
Día tras día vendemos nuevas palabras
y somos presa de la transformación,
pero seguimos izando la bandera de nuestras convicciones
como si la vida se tratara de colonizar las ideas de los otros...
como si se tratara de un partido de criterios…
y a pesar de todo... el partido siempre es interesante!
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