
Quedan pocos minutos para estrellarme contra este papel virtual,
y con esta necesidad que tengo de auto-confesarme con mi cabeza
que existe únicamente de lunes a viernes, en horario laboral.
Escribo porque la cabeza me escucha,
aunque tenga un monitor injertando al cerebro con sinapsis nerviosas.
Es impredecible la situación de mi mano
que suelta el lápiz porque la piel de un pedazo de luna le roza.
Es impredecible que escuche estas notas de sinfonía
de un compositor multidimensional
y mis pestañas no pueden más que seguir la danza de los pliegues
y las arrugas de un par de labios...
después escucho la última palabra, me despierto y me siento culpable.
Me condeno por soltar el lápiz y me sentencio por que no puedo escuchar las palabras
y me quedo bailando con las comisuras.
Ni siquiera puede dispararse aunque tiene la negación cargada.
Se aleja cada vez que habla,
porque tiene ganas de estar más cerca.
Primero se produjo una catarsis en mis muñecas
que escribieron y borraron mil veces las letras,
mis dedos que se abrazaron torpemente como en una lucha de esgrima
y después se suicidaron contra el teclado...
El funeral produjo una parálisis neuronal en mi escritorio.
De pronto vi pasar los platos del almuerzo recién lavados y desordenados sobre los papeles,
vi pasar las servilletas como parches cubriendo las manchas del escritorio,
mi cartera con las piernas abiertas mostraba sin lugar a dudas el caos que tenía en mi cabeza.
Pero ya era muy tarde para guardar las boronas,
para disimular al menos una migaja de la guerra fría de mis paráfrasis mentales.
Cuando la parálisis dejó que mis ojos se liberaran de mi escritorio
ya estaba acercándose la silla en la que colapsaría la inquisición inoportuna que me dejé caer encima.
Me torturé clavándome un par de pupilas negras en los ojos
que trataban de rebelarse contra la dictadura de mi porta-retrato.
Me torturé por que canté con la cuerda amarrada que tenía en mi cuello
y era muy fácil quitarme la silla que sostenía el orgullo de mis rodillas.
Ahora tengo la estabilidad reventada y en carne viva,
tengo el compromiso lleno de úlceras,
pero firme y fiel a las torturas extracurriculares
y con el corazón expatriado de mi propio yo.
