lunes, 28 de junio de 2010

Sinapsis (en algún momento del 2009)





















Quedan pocos minutos para estrellarme contra este papel virtual,

y con esta necesidad que tengo de auto-confesarme con mi cabeza

que existe únicamente de lunes a viernes, en horario laboral.

Escribo porque la cabeza me escucha,

aunque tenga un monitor injertando al cerebro con sinapsis nerviosas.

Es impredecible la situación de mi mano

que suelta el lápiz porque la piel de un pedazo de luna le roza.

Es impredecible que escuche estas notas de sinfonía

de un compositor multidimensional

y mis pestañas no pueden más que seguir la danza de los pliegues

y las arrugas de un par de labios...

después escucho la última palabra, me despierto y me siento culpable.

Me condeno por soltar el lápiz y me sentencio por que no puedo escuchar las palabras

y me quedo bailando con las comisuras.

Ni siquiera puede dispararse aunque tiene la negación cargada.

Se aleja cada vez que habla,

porque tiene ganas de estar más cerca.

Primero se produjo una catarsis en mis muñecas

que escribieron y borraron mil veces las letras,

mis dedos que se abrazaron torpemente como en una lucha de esgrima

y después se suicidaron contra el teclado...

El funeral produjo una parálisis neuronal en mi escritorio.

De pronto vi pasar los platos del almuerzo recién lavados y desordenados sobre los papeles,

vi pasar las servilletas como parches cubriendo las manchas del escritorio,

mi cartera con las piernas abiertas mostraba sin lugar a dudas el caos que tenía en mi cabeza.

Pero ya era muy tarde para guardar las boronas,

para disimular al menos una migaja de la guerra fría de mis paráfrasis mentales.

Cuando la parálisis dejó que mis ojos se liberaran de mi escritorio

ya estaba acercándose la silla en la que colapsaría la inquisición inoportuna que me dejé caer encima.

Me torturé clavándome un par de pupilas negras en los ojos

que trataban de rebelarse contra la dictadura de mi porta-retrato.

Me torturé por que canté con la cuerda amarrada que tenía en mi cuello

y era muy fácil quitarme la silla que sostenía el orgullo de mis rodillas.

Ahora tengo la estabilidad reventada y en carne viva,

tengo el compromiso lleno de úlceras,

pero firme y fiel a las torturas extracurriculares

y con el corazón expatriado de mi propio yo.

Garabatos y vejez










Hoy me estoy quedando sin lluvia y con hambre
aunque está inundado el cronograma y mi estómago.
Hoy me estoy quedando sin mapa para agosto
pero tengo un barco anclado esperándome en la orilla de mi renuncia
y ya me duelen las plantas de los pies
que son adictas a la tierra mojada.
La vida no se trata de hacer sólo lo que se disfruta
sino de disfrutar lo que se hace
y llenarse de emociones y garabatos con todo lo que se disfruta,
pero si en lo que uno hace hay una sequía prolongada
ya el pincel no puede entonces deslizarse sobre la pared
y la pared se llena de vejez... y la vejez se llena de garabatos arrugados.
La vejez de los garabatos no se compara con la tierna madurez de los sabios
la vejez no es una colección de años guardados en el cabello blanco
y las arrugas no son los pliegues delicados de la piel de los ancianos
... al menos no lo son la vejez y las arrugas de las que yo hablo
... envejecer no es más que una decisión.
Los garabatos son involuntarios y sólo los dibuja el instinto,
una arruga, en cambio, es un intento de garabato demasiado elaborado
que pretende ser una sonrisa de plástico.
Envejecer es la decisión de dejar de aprender,
dejar de hacer garabatos con la intuición y llenarse la memoria de certificados caligráficos,
es quedarse sin acuarelas, sin pincel y sin pared
y pensar que la escasez significa renuncia.
Envejecer es seguir sembrando arbustos en la arcilla erosionada
y sentarse a esperar su cosecha.
Cuando yo envejezca seguramente habré decidido hipotecar el barco anclado,
probablemente estaré llenando de arrugas mis sonrisas
y no de sonrisas mis arrugas
ya no sabré dibujar garabatos sin pincel y sin pared
y estaré mientras tanto esperando las cosechas de una sequía prolongada.


martes, 8 de junio de 2010

Con la lluvia...

Observo cómo las contracturas van ganando terreno en mi conciencia
y mis obsesiones se empiezan a concentrar en el segundero
tengo en la mesa, en un recipiente simétrico y monocromático
todos los residuos del perfeccionismo que hoy llevó a mi almohada al estado de coma por abandono cerebral de su contraparte (Entiéndase ausencia de mi cabeza reposando sobre ella por hiperactividad cerebral, algunos le llaman insomnio).

Observo los causes que surcan mi frente y las mandíbulas expandidas.
Me llevo esta concentración al deseo incontrolable de masticar un chocolate
y después saborear con amargura la aceptación de que se acabe
y tener que aplastar entre mis dedos el único residuo de mi placer.
Me llevo los causes de mi frente a la aridez del medio día
al desierto que hace en mi estómago mientras las celdas de mis archivos
se llenan del excremento de mis neuronas.

Por fin llega la lluvia…
Y con el agua suenan mis tacones
con las huellas de mis zapatos se me desmayan las contracturas.
Se quedan los surcos de mi frente sentados al lado de la puerta de vidrio
para que la lluvia no se desborde sobre las ideas que dejé en la mesa.

Y con la lluvia se me derriten las mandíbulas
y se me extienden las comisuras de la boca
y otra vez estoy cantándole al parabrisas con los ojos cerrados
a punto de accidentar mi concentración contra la prisa…
Y con la lluvia respiro, con un poco de nostalgia
y conmigo, completamente conmigo.
Me doy un abrazo y un empujón
para empezar a correr en círculos
y dejar retazos de la piel de mis dedos
en las prisiones gigantes de arena que cuelgan del techo
donde se dibujan todos los surcos que rebusco en mi memoria
y puedo aplastarlos como aplasté el papel del chocolate,
sin tener que acabar con los residuos de mi placer
al contrario, llenando las comisuras de mi boca
y sus réplicas en mi cuerpo
con el éxtasis del sudor que me roza la sonrisa.

Y después de la lluvia vino el sudor…
Y después del sudor llega el vino
… y con el vino siempre vienen las palabras
que me llenan las neuronas de lágrimas
que caen encima de mis papeles vestidas de alegría
y a veces me saben a tristeza, y a veces me hacen reír,
a veces se derriten con las uvas fermentadas
… y a veces simplemente me hacen vivir.