Yo le dije que se quedara tranquilo
que guardara el vuelo para un aeropuerto futurista,
que se quitara las alas porque estamos en primavera,
que hibernara mientras llegara el invierno.
Yo le pregunté si quería algunos parches para tapar los agujeros,
y como no hubo respuesta alguna,
le obsequié los más finos licores las noches más ruidosas
y las palabras más artificiales...
Pero no desaparecían los agujeros.
Le aconsejé que se arropara bien
con su frazada de alambres
no vaya ser que al corcho en un ataque de claustrofobia,
se le ocurra despegar...
No vaya ser que en una muestra de su propulsión aerodinámica
se divorcie de la botella de champagne.
Pero no había cobijas con hilos de metal
Qué más podría decirle para que dejara de llorar?
Al fin y al cabo ya la necrosis rondaba sus estaciones.
Siempre ha sido terco
justo cuando debía estar en su cueva de roca fría
salió el Sol a derretir sus glaciares.
Y entre tanta agua,
ya sin su tapa de corcho que le hiciera flotar
y sin sus finos licores
que le anestesiaran mientras llegaba la asfixia,
se puso las alas y salió volando, como el corcho
directo hacia el Sol,
al mismo tiempo
que la Luna en busca de un eclipse le daba un abrazo.
Por supuesto, colisionaron los tres,
la Luna, el Sol y él.
Y qué puedo decir de él?
Qué puedo hacer contra tanta independencia y terquedad?
Si al fin y al cabo,
él... el corazón
siempre hace lo que le da la gana.